Viaje 30: ¿Cómo volver a empezar y no morir en el intento (literal)?

 

Me costó mucho decidir cómo escribir esta parte de nuestra historia.

Después de tantos viajes a diferentes lugares de nuestro país, por caminos sinuosos, ripios, arena, bosques, selvas y abismos, emprendimos éste, el viaje hacia una aventura de un año, viviendo en Pehuén Có, Buenos Aires.

Preparamos los dos autos, llenos de equipajes ya que, aunque la casa donde íbamos estaba amueblada, teníamos que llevar vajilla, televisor, herramientas, ropa de cama y para nosotros y todo lo que teníamos para nuestros días.

Salimos a las tres de la madrugada, dejando la casa de Aldao, totalmente vacía de cosas pero colmada de recuerdos, porque allí comenzó nuestra convivencia, pasamos las navidades con nuestras familias y se llenaba de camas improvisadas, sobrellevamos la cuarentena y el confinamiento, celebramos con nuestros amigos, bailamos hasta la madrugada y reunimos a todos para nuestro casamiento.

Dome iba adelante, con el portatutto del Siena haciendo honor a su nombre, y yo detrás, con el Palio con algunos huequitos que permitían la visibilidad desde distintos ángulos, y nada más.

La verdad es que es muy distinto viajar solo ya que te requiere mayor atención, en especial después de tantas emociones y despedidas. No estoy acostumbrada a manejar tantas horas como las que emprendimos y me dio sueño varias veces.

A las 9 paramos a despejarnos, cargar combustible y desayunar.

Hicimos un video y les mandamos nuestras noticias, desde Tapalqué, a algunos amigos y familiares más cercanos.

La ruta 51, desde Tapalqué hasta Azul, estaba siendo arreglada, así que tenía numerosos cortes bien organizados, donde pasábamos de una mano o de la otra, en forma alternada.

Unos kilómetros antes de llegar a Azul, aparentemente me dormí, ya que no tengo un registro exacto de lo que me pasó, pero me crucé de carril y terminé en un zanjón, lleno de pasto y agua podrida, acumulada de las lluvias. Cuando me dí cuenta de todo, estaba en el pasto, andando, hasta caer de costado en la zanja. Empecé a sentir un sonido de líquido, pensé que podría haberse roto el tanque de nafta. Todo el equipaje que estaba en el lugar del acompañante, cayó encima mío, por lo que no podía moverme. Como pude, metí la mano hasta apagar el auto y sacarme el cinturón de seguridad, porque en mi mente, me preguntaba cómo saldría de allí, ya que como estaba aplastada, me costaba respirar. Empecé a sentir mi cuerpo y cabeza mojados, pero no me daba cuenta por qué. Escuche las voces de un hombre y de una mujer que me preguntaban si estaba bien, y yo decía que sí, y en unos minutos la voz de Dome, preguntando “Amor, estás bien”.

Ellos comenzaron a liberarme de todo lo que estaba encima y de a poco pude ubicarme acerca de cómo estaba el auto, de costado. Primero, no entendía, y pasé las piernas para arriba, pero después Dome me fue orientando. Me dijo que pase las piernas hacia abajo, y luego, ellos tomaron mis brazos y Dome me indicaba que pise sobre el volante y la palanca de cambio para poder subir a la puerta. Me dí cuenta que me dolía mucho la cintura, pero hice fuerza y pude sentarme en el borde de la puerta. En ese momento vi todo: el zanjón al que tenía que saltar, donde el agua llegaba a la rodilla, el pastizal, la ruta 51, los policías, el matrimonio que fue a socorrerme primero, que iban en el camión, mano contraria a la que iba yo, y que vieron todo. Dijeron que tuve suerte, que zafé de que el camión me chocara.

Primero me tiré al pasto boca abajo, como pude, y luego me dí vuelta, hacia arriba, porque me dolía mucho la cintura.

Me preguntaron muchas cosas, datos, documentación que, no sé en qué rapto de razonamiento, le dí a Dome antes de que se mojara, ya que mi cartera, la llevaba en la puerta, a mi izquierda.

Todo me parecía un mal sueño, miraba el auto, la ruta, la gente y vehículos alrededor. Escuchaba las voces y pensaba qué hice, por qué, tan bien que íbamos, por qué, por qué, por qué. Si soy tan responsable para manejar. Qué hice, por qué. Arruiné todo. Y, así, acostada en el pasto, toda mojada, cerré los ojos y esperé.

Cuando llegó la ambulancia, le dije a Dome que se quede, a solucionar todo lo administrativo. Salvo el dolor en la cintura, yo no sentía otro malestar.

Me pusieron la cuellera, me subieron a la tabla,  a la camilla, y después a la ambulancia que dio muchos saltos antes de llegar al hospital.

Al llegar me hicieron radiografías y, en el Hospital Municipal de Azul, la doctora se aseguró de descartar cualquier otra secuela del accidente, llamando también al ecógrafo para que evalúe los órganos. Tuve un acuñamiento de dos vértebras lumbares, por lo que me aconsejó tomar calmantes y usar faja por 10 días y consultar luego con un traumatólogo. Es más, me sacó turno con el jefe de traumatología del hospital, pero le expliqué que nos íbamos a Pehuén Có y que no podía volver tan lejos. Por lo que, con la mejor de las intenciones, me pasó todas las radiografías con un QR, para que se las pueda pasar al doctor que me atendiera.

Pasaron más de dos horas hasta que llegó Dome. Me estaban pasando un suero con calmantes y todavía me faltaba una última radiografía.

A las 16,30 hs me dieron el alta y, emprendimos viaje otra vez. Dome tuvo que pasar todo el equipaje que tenía en el lugar del acompañante a mi auto, que recién mañana, la grúa llevaría a Pehuén.

No me entraba en la cabeza, en ese momento, lloraba pensando en que habíamos perdido el auto. Me daba una bronca contra mí misma que no puiedo describir. Además estaba muy dolorida.

Se hizo eterno el viaje y yo, pensando en qué cansado estaría Dome. Imaginen que salimos a las 3 de la madrugada, y estábamos llegando a Pehuén a las 22.30 hs, donde nos esperaba Eugenia, la agente inmobiliaria, que había estado en comunicación con él y que debo decir, se comportó de manera muy amable con nosotros, colaborando en todo momento para que podamos solucionar cosas sucedidas a raíz del accidente, como por ejemplo, dónde arreglar objetos que se mojaron y lavar la ropa, entre tantas.

Esa noche, nos dimos cuenta que no había gas, aunque nos habían dicho que la garrafa quedaba llena.

Bajamos todo del auto pero yo no daba más del dolor. Dome fue a comprar una hamburguesa. Así que cenamos, dejamos todo como estaba y nos fuimos a acostar. Ahí, tomé conciencia de lo que había pasado, y de que, realmente, el auto ya no tenía importancia, entonces nos abrazamos y lloramos mucho.

Encontramos las toallas y con eso armamos la cama y  no nos dormimos, nos desmayamos.

Nuestros amigos y familiares no sabían nada acerca de lo que había pasado y el domingo, empezamos a pensar a quiénes les diríamos y cómo, ya que debíamos manejarnos con el teléfono de Dome, el mío había caído a la zanja, y ya no andaba.

Estábamos en Pehuén Có, el lugar elegido para vivir esta aventura. No empezó como habíamos imaginado, pero empezó.

 

 


 


 

 

 

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