Viaje 12: Un respiro y un viaje esperado al mar.
Ni bien tuvimos permiso
para salir, después del confinamiento, elegimos ir a festejarlo al mar, a Monte
Hermoso. Permisos y vacunas de por medio, enfilamos hacia el mar.
Como ya recordarán, son
tres festejos, nuestros cumples y Año Nuevo.
En la víspera del cumple
de Dome, empezó a llover. Nos hospedamos en un monoambiente cerca del mar y podíamos desplazarnos
caminando, como ir a la playa, hacer mandados e ir al centro.
Salimos esa noche, que
era la primera, a buscar un lindo lugar para esperar la celebración del cumple
de Dome y paramos en un bar ya que había comenzado a llover. Pero lo que nos
habíamos mojado con esa tenue llovizna no era nada al lado de lo que se
vendría. Pedimos unas pintas y al mozo se le resbalaron las copas dentro de la
bandeja y todo cayó sobre el cumpleañero. Y así se arrancó: lluvia, cervezas y
mucha risa.
En esos momentos,
después de 9 meses, nos volvíamos a encontrar en bares y en la playa.
Las personas que iban
a la playa en grupos, tenían que permanecer en un lugar delimitado por un círculo
hecho con sogas.
Durante el aislamiento,
para sosegar las inquietudes, Dome había construido “saca-arena”, para poder
hacer el hueco en la arena, donde se colocan las sombrillas. Así que llevó todo
en un bolso y salió a venderlos por la playa, caminando mucho y sorteando
algunos inconvenientes que se ocasionaban si pisaba alguna soga de aislamiento.
¿Cómo sería recibir el 1ro
de año? No tan fácil, especialmente para nosotros, que nos gusta mucho bailar.
Fuimos a un bar a la
peatonal y hubo música en vivo, muy buena onda pero ¡prohibido bailar! ¡A
resistir! No se podía bailar, sólo cantar y acompañar con las palmas.
Ahora, a la distancia,
parece raro, pero era inédito para nosotros y el mundo y fueron momentos
angustiantes para muchas personas por diversas circunstancias.
En este viaje pude
concretar mi propósito de meterme al mar de noche. Todo comenzó por un desafío
que me hizo Dome. Habíamos salido a cenar y caminábamos por la playa, que
recibía las luces del centro. Hacía calor y él me alentó, diciéndome que estaba
lindo, y otras cosas. Y así, sin toalla ni malla, me saqué la ropa y me metí al mar, con
la ropa interior. Fue hermoso. Una experiencia corta pero para repetir. Pero
para la próxima hay que llevar toalla, porque esa noche tuve que ponerme la
ropa sobre la otra ropa interior y el cuerpo todo mojados y así, salimos a
cenar.
En ese viaje, empezó a
nacer el sueño de, alguna vez, vivir en un
lugar con mar, que seguiríamos alimentando con el correr del tiempo y
visitas posteriores al localidades costeras, cercanas a Monte Hermoso.


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