Viaje 13: Un paseo por la luna.(primer parte)
El tema del aislamiento,
seguía intermitente en 2021, pero de a poco, todo se iba normalizando.
Entonces planificamos
nuestro viaje para conocer San Juan y La Rioja.
A último momento se sumó
una pareja de amigos que irían en su propio vehículo por una razón de tiempos,
ya que ellos tal vez volverían antes que nosotros.
Además, teníamos otra
pareja amiga que estaba por allí y con los que acordamos cenar en San Juan,
pero desconocían que íbamos con los otros amigos. Así que ¡sorpresa! Cenamos y
tomamos unos tragos buenísimos y lamento no recordar el nombre del bar, ya que
el chef fue muy atento y nos obsequió unas salsas riquísimas para acompañar las
comidas.
Hermoso San Juan y el
camino a Calingasta, un pueblito cálido, con árboles de pimienta rosa en las
veredas y un río azul como el cielo.
Todo el territorio del
Ischigualasto deslumbra la vista y los sentidos en general, pero el Valle de la
Luna, deberían conocerlo todos, estar ahí se siente como si uno, no sé si en la
luna, pero sí como estar en otro lugar, ajeno a todo lo conocido. Es único,
patrimonio de la humanidad, y es nuestro.
Como tenemos la costumbre
de entretenernos, parar en el camino, tomar fotografías, apreiar el paisaje, la
flora y la fauna, no nos dimos cuenta de la hora y, dirigiéndonos a Chilecito,
se hizo de noche en la Cuesta de Miranda, lugar al que deberíamos volver para apreciar
los paisajes que no llegamos a ver.
Íbamos con cuidado, ya que
desconocíamos ese camino de altura y muchas curvas, y encima a oscuras. Nos
sorprendió, de pronto, un señor que iba cargando leña que apareció de la nada
en la banquina, Por otro lado, vi, parada sobre sus dos patas traseras, una
liebre sobre un guardarraya y eso fue, creo, hasta ese momento, lo más raro que
vi en un viaje.
Cuando nos interiorizamos
acerca de la historia de la Mina La Mejicana, que se encuentra en el cerro
Famatina a 4600 metros de altura, quisimos conocer más, no nos conformamos con
la estación 1 y 2, donde te cuentan la historia de la explotación del oro, por
parte de los ingleses con la ingeniería alemana que, hasta 1926 siguió en
funcionamiento, cambiando de dueños pero luego se abandonó. Pero Famatina
guarda yacimientos que espero sigan así, sólo enriqueciendo esa tierra habitada
por gente amable y comprometida con el territorio.
Queríamos conocer más, y
tomamos el camino que nos llevó a cruzar el Río Amarillo, que debe su color al
azufre que arrastran sus aguas desde su nacimiento.
A los 1974 metros, nos
encontramos con la Estación 3 “El Parrón”, donde vive una familia que realiza
guías y unas riquísimas comidas autóctonas que podés degustar entre sus
montañas coloridas, pintadas por el sol y coronadas con ese cielo tan celeste.
Desde allí se hace una
caminata donde ascendés por un sendero angosto hasta donde pasaban los carros
del Cable Carril Chilecito y vivían los trabajadores, y aún se encuentran leña
y otros elementos típicos de la vida cotidiana y del trabajo de los mineros.
Allí almorzamos torrejas
de alfalfa y empanadas, observando las llamas y los colores del Cerro General
Belgrano, más conocido como Famatina, “Madre los metales”, en lenguaje quechua.




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