Viaje 14: El Soberbio y nuestro primer contacto con la selva.
No sé, no recuerdo, de
dónde sacamos la idea de ir a Misiones. Estas anécdotas las comencé a escribir
en el 2025, y, con ésta, voy, para que se ubiquen en el tiempo, en el 2021, más
precisamente octubre. Refuerzo esta información para que, si algún día van,
revisen las épocas de lluvia y vayan cuando no lo sea. Lo cierto es que yo ya
conocía las Cataratas del Iguazú y Dome no. Así que creo que ahí nació ya que
cuando le propuse para que el conozca las cataratas, me dijo que por qué no
buscábamos otros lugares de Misiones que no conozcamos ninguno de los dos.
Entonces vimos que había
unos saltos de agua, no tan difundidos, que se llaman Saltos de Moconá. Armamos
el viaje, la ruta, primero pasando una noche en Posadas. Luego iríamos a El
Soberbio, un pueblo pequeño desde donde podíamos llegar a dichos saltos. Dome
reservó una cabaña rodeada de selva, saliendo del pueblo, camino a Moconá, “Los
Lapachos”, perteneciente a una familia muy amable, que vive en el predio, y que
nos atendió amorosamente, sorprendiéndonos con unas torta fritas calentitas
cuando llegamos.
Cuando salimos de casa,
siempre muy temprano, que es nuestro hábito, pasamos a la altura de Concordia a
las 6,30 hs. y paramos porque se habían caído naranjas de un camión, al costado
del camino. Entonces retrocedimos para juntar unas naranjas, que por cierto,
eran muy amargas. Al querer salir otra vez…¡paff! El auto ya no arrancó.
Batería muerta. ¿Entonces? Esperar para que abran los negocios, googlear,
llamar. Era sábado y esos negocios abren después de las ocho horas. Por suerte,
vinieron rápido y nos cambiaron la batería por lo que ya pudimos seguir viaje.
Llegamos a la tarde a
Posadas y no podíamos creer lo hermoso que era su costanera, el azul del Río
Paraná, que en nuestra zona es bien marrón, su playa, sus flores y plantas en
plazas y paseos.
Elegimos ir a El Soberbio
por la ruta más larga, ya que nos sugirieron que vayamos a la ida por allí para
disfrutar de la vista de hermosos pueblos que van acompañando el recorrido del
Río Uruguay.
Fue así como conocimos
Apóstoles, que nos recibió con sus campos de yerba mate y dos custodios,
apósteles gigantes, a los que se puede acceder, subiendo por una escalera, que
nos deja frente a una tremenda vista de los campos y los cultivos.
Los caminos son ondulantes
y con una vegetación muy abundante y diversa. Como conté anteriormente, fuimos
en época de lluvia y eso no nos permitió apreciar la fauna y flora del lugar.
Las copiosas lluvias,
hicieron crecer mucho al Río Uruguay, lo que nos impidió conocer los Saltos de
Moconá porque las lanchas no estaban saliendo.
Pero pudimos hacer una
caminata muy entretenida, entre la llovizna y la tierra colorada y resbaladiza,
en el llamado Salto de Horacio. Hay puentes, saltos, cascadas, vegetación
colorida y variada, diversidad de hongos de todos tamaños y formas, y pocos
animales ya que se protegían de la lluvia, aunque se escuchaban sonidos de monos
y aves.
Al regresar de nuestro
viaje, tomamos la otra ruta, la más corta, que pasa por Oberá y, a la altura de
Yapeyú, en Corrientes, entramos para conocer el lugar de origen de uno de
nuestros máximos próceres. Allí está reconstruida y protegida la casa de su
infancia, custodiada por sus granaderos.
De paso, cargamos combustible
y nos regalaron las dos paltas más grande que he visto, no sé de qué especie,
pero eran riquísimas.






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