Viaje 19: La yunga jujeña nos atrapa, y para siempre. (última parte)
Emprendimos el
recorrido hacia Humahuaca, pasando por Purmamarca y Tilcara, donde comimos unas
riquísimas tortillas rellenas, que se
venden en las calles. Si bien ya conocíamos estas localidades, eran un puente
hacia nuestro próximo destino: Iruya. De igual modo, nos queda, para otro
viaje, explorar más, ya que hay recorridos, cavernas, cascadas y otras bellezas
que no pueden conocerse, así como localidades más alejadas, que llevan muchas
horas de recorrido, por lo que uno tiene que ir seleccionando, siguiendo cierto
recorrido.
Llegar a Iruya fue
maravilloso, el camino lleno de curvas, con algunos precipicios, cruces de ríos
pequeños y la grata sorpresa de unos niños que se asomaron en el camino
vendiendo empanadas que compramos con gusto,
Iruya estaba llena de
vehículos y turistas, algunos en excursiones con colectivos y otros
transportes. La mayoría, va a conocer y se vuelven a otros destinos a pernotar.
Pero nosotros no. Nos alojamos de Silvia, en la entrada del pueblo, un
alojamiento con una vista al puente que te permite explorar el otro lado del
pueblo que, en época de lluvias, el río divide en dos y puede accederse
fácilmente sólo a través del puente.
En invierno, el río está
seco, por lo que su lecho se convierte en “playa de estacionamiento” para los
turistas.
Al cruzar el puente, lo
primero que aparece es una cancha de fútbol. Imaginen ustedes, esa cancha,
rodeada por altas montañas, con un cielo azul, niños riendo y Dome, intentando
jugar con ellos, a una altura de 2780 metros y los niños deteniendo el partido
para observar los cóndores. ¿Podría ser más hermoso el momento?
En el punto céntrico, hay
un mercado, donde podés conseguir los frutos de la tierra típicos del lugar y
alrededores, como quinoa, papines , platillos y bebidas para degustar, como por
ejemplo un té que realizan con maíz colorado, canela y miel, dulce, espeso y muy
estimulante, llamado “api”, que compramos y disfrutamos, sentados en la vereda,
frente a la capilla.
Hay que, lentamente, por
la altura y porque todas las callecitas son en subida y bajada, recorrerlas,
detenerse, y disfrutar el paisaje desde distintos lugares.
A la noche, después de un
baño reparador, salimos desde lo de
Silvia, hacia el centro del pueblo, en subida, acompañados por la luz de
la luna que ya se había asomado, preciosa, arriba de las cumbres.
Cenamos en una casa que la
familia había transformado en un comedor, papines y tortilla de quinoa.
Al día siguiente salimos
temprano, despuntaba el sol y se despedía la luna, al cruzar el túnel que se
encuentra a la salida, porque queríamos conocer La Quiaca. No puedo contarles
tanto de este lugar ya que estuvimos de paso porque nos tocó un día
inapropiado, con un viento tremendo y mucha tierra que no nos permitió profundizar
el recorrido. Ya ven, uno propone pero después, hay que adaptarse a las
circunstancias.
También pasamos por Uquía,
pero superficialmente, por lo que, como comentaba anteriormente, habrá que
organizar visitas a todo lo que quede pendiente para otras oportunidades.
Por último, nos encontró
la tardecita en Salta, capital, y nos encantó pensar en poder recorrer sus
callecitas tan encantadoras. Pero no fue una buena experiencia, tardamos más de
dos horas para conseguir hospedaje, hasta que conseguimos un lugar sencillo a
un precio altísimo, casi el triple de lo que pagábamos en el resto de los
lugares donde habíamos estado durante todo el viaje, que fueron todos espacios
sencillos, limpios, con baños privados y la calidez de todos las personas que
se encargaban de atenderlos.
Perdimos tanto tiempo que
Dome se puso de mal humor y se afeitó sólo media barba porque se olvidó de
comprarse una maquinita nueva y la que tenía no andaba bien. Entonces, salí con
este hombre a medias afeitar hacia calle Balcarce para cenar. Por suerte, esa
cena sabrosa alivió tensiones y nos reímos de la barba y de todo.






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