Viaje 24: Muchos kilómetros entre montañas y cordilleras. (quinta parte, el problema del diente)

 

Revisando nuestro esquema de recorrido, empezamos el viaje hacia Villa Pehuenia. Pasamos a cargar nafta a Las Lajas, ya que allí debíamos desviar y todavía tendríamos que transitar, además de una parte pavimentada, más de 70 kilómetros de ripio, pasando cerca de un punto fronterizo con Chile y que, en esos momentos, estaban comenzando a pavimentar,

Pero a nosotros, nos tocó el ripio, por lo que teníamos que ir bien despacio y, aún así, con la vibración prolongada que produce ese tipo de camino y los “serruchitos” típicos, se rompió una manguerita que va al tanque del agua. Paramos, y Dome tenía, en su caja de herramientas, para pegarla, un adhesivo potente. Así que. Esperamos un rato hasta que se solidificó.

Nos quedamos dos noches en una casita céntrica y cenamos en un tren, bueno, en los vagones. Además, la bebida también podía ser transportada por un tren controlado remotamente y que recorría otro sector del bar.

Era como estar jugando y los trenes eran como un eje motivacional, ya que afuera había una locomotora y, detrás, una heladería con riquísimos productos y, cuyos gustos de helados habían sido premiados en concursos diversos.

Realizamos el circuito Moquehue que tiene su lago homónimo y el Lago Aluminé, donde exploramos algunas cascadas, caminando por una parte del Parque Lanín, con espejos de agua bellísimos, y cuidándonos de las abejas “chaqueta amarilla” cuyo aguijonazo es muy tóxico, según las advertencias en el lugar.

Al terminar el recorrido, nos fuimos  almorzar a las Playas de la Península, donde tomamos sol y nos bañamos en el lago, con sus aguas transparentes y muy frías. Y aquí, otro evento i-nol-vi-da-ble.  A mí se me había despegado la corona de un diente, haría media hora, y me lo dejé puesto en su lugar, a presión. Estábamos tomando mate y la corona seguía ahí.

Nos tomamos una foto antes de regresar, la corona estaba pero, a los minutos, ¡chan! Me doy cuenta de que no tenía más la corona. Empezamos a buscar en la arena pero, se imaginarán ustedes que era algo muy improbable encontrarla, ya que es una arena gruesa, no como la de las playas más habituales, estábamos junto a unas rocas gigantes y yo, al borde del llanto, preguntándome qué haría los días posteriores, dónde conseguiría solucionar ese problema. Parece que exagero, pero me sentía tan mal, que me hubiera vuelto a casa.

Ya casi por darnos por vencidos, Dome se fue a la casita, en el pueblo, a solicitarles a los dueños de la casita, un matrimonio muy mayor, algo para tamizar la arena y encontrar la dichosa corona y lograr, que yo esté dichosa también. 😂

Dome me contó que, cuando iba llegando al lugar, yo parecía Alfonsina, claro que cambiando el mar por el lago, a punto de internarme en el agua. Y puede ser que así me haya visto, totalmente.

Empezamos a tamizar la arena con un gran colador para hacer mate cocido, que le prestó la señora y, milagrosamente, ¡apareció la corona! ¡San Dome lo logró! Era de no creer, pero la recuperé, me la pegué y siguió así durante todo el viaje y más.






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