Viaje 24: Muchos kilómetros entre montañas y cordilleras. (séptima parte)
Cuando llegamos a El
Bolsón confirmamos que hay que seguir las corazonadas, por lo menos, a nosotros
nos funciona. La comarca nos enamoró.
Todo fue precioso. Conseguimos una casita con
un pequeño patio que tenía un árbol de cerezas lleno de sus frutas y una planta
de frambuesas, La dueña tenía su casa delante de la nuestra y nos dio acceso
libre para consumir las frutas que quisiéramos. Así que, las cerezas, eran nuestro
“snaks” cotidiano.
Teníamos decidido, al día
siguiente, realizar la caminata hasta el Cajón del Azul, que tenía una
distancia de 20 kilómetros entre ida y vuelta. Se lo comentamos a la moza del
lugar donde cenamos, unos ñoquis exquisitos, y nos pidió que pasáramos al día
siguiente a contarle cómo nos había ido. (Obvio que cumplimos el pedido).
¡Qué les puedo
decir! Una experiencia espectacular. Son 20 km, pero no es tan dificultoso el
camino, con subidas y bajadas y algunas pendientes más exigentes. Es
recomendable llevarse un almuerzo y agua, como en todo tipo de caminata. Había
muchas personas, tanto haciendo el recorrido de ida y vuelta como nosotros,
como así también, aquellos que lo hacen por tramos y van acampando en los
paradores, que son bellísimos. Los más entrenados, siguen otros recorridos con
mayor ascenso, como la que llega hasta el Cerro Hielo Azul.
La sensación de
insignificancia ante tanta magnitud natural es abrumadora. Aunque muchas fotos
y filmaciones le hagan justicia, nada se parece a estar allí.
Tan felices
estábamos cuando regresábamos de nuestro recorrido que, a sólo dos kilómetros
de la llegada, nos detuvimos, junto al Rio Azul, que es la guía constante del
camino, en una cervecería y tomamos, sentados y columpiándonos en unas sillas
hamacas, una cerveza roja y Dome, se comió un alfajor de chocolate. Un poco,
nos recargó para seguir, aunque los últimos 2 km son bastante matadores, de
ascenso permanente. Pero esa felicidad, la que nos embargó en cada momento, vuelve
a nosotros cada vez que lo recordamos.
Al día siguiente,
conocimos Lago Puelo y debo decir que es algo majestuoso. Ver esas playas, en
un lago transparente, que refleja las montañas que lo circundan, con su variedad
de verdes y con sus picos nevados. Era un día fresco y ventoso, pero yo no pude
resistir meterme al agua. Reconozco que fui la única ese día, pero ¿puede uno
estar en Lago Puelo y no bañarse en él? ¿Cuándo iría a volver? El tiempo lo
dirá. ¡Ah! Y mortales los pancitos saborizados que nos vendieron allí con los
que acompañamos nuestro almuerzo.
La plaza de El
Bolsón está llena de cerezos y de artesanos con las más bellas creaciones que
puedan imaginar.
Y así, cargados de
alegría y aventuras, nos encaminando hacia Esquel.







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