Viaje 24: Muchos kilómetros entre montañas y cordilleras. (última parte)

 

Al otro día, emprendimos una extensa excursión hacia Gualjaina. Es un pueblo pequeño, casi les diría, en medio de la nada, o sea, uno no se imagina que existiera ese pueblo, pero hay tantos así, cada uno con su encanto. En el caso de Gualjaina, además de comprar algunas provisiones, pudimos charlar y que nos adelanten un poco acerca de la historia del lugar que iríamos a conocer: Piedra Parada. Este lugar se comenzó a popularizar hace pocos años, más que nada por información de las redes, brindadas por aventureros y viajeros. Se trata de una imponente piedra de origen volcánico de unos 240 metros de altura, aproximadamente.

Si bien la distancia desde Esquel es de 120 kilómetros, 94 son de ripio y hay que ser muy cuidadosos y pacientes para recorrerlos, por los famosos serruchitos, especialmente para nosotros, que vamos en un Fiat palio.

Pero valió el esfuerzo porque no es sólo la piedra parada, que de por sí, es impactante ya que se presenta sola, con toda su magnitud, en el centro de un campo llano, sino por todas las formas geológicas que se presentan en el recorrido que hacen pensar en toda la evolución de esas tierras.

La Piedra está ubicada junto al río Chubut. Es un río transparente, en el que pudimos refrescarnos mientras realizábamos nuestro almuerzo improvisado, como la mayoría de las veces. Había gente que acampaba allí, cerca del río, pero no es un camping, es una convivencia con la naturaleza.

Ese fue el último lugar que conocimos por esos lugares.

Al día siguiente, comenzamos a dirigirnos hacia el este, ya que planeamos nuestros últimos días junto al mar.

Pero no nos habíamos imaginado que, cruzar de punta a punta Chubut, iba a ser tan bello. Siempre, la ruta va bordeando el río Chubut y se van presentando las más diversas formaciones montañosas en cuanto a colores y formas. Una ruta maravillosa.

Nuestro primer destino fue Playas Doradas, allí en Río Negro, sería nuestra tercera vez en ese precioso lugar, y nos hospedamos donde nos habíamos quedado la última vez, una casita de nuestra anfitriona Blanca, que nos obsequió, como en la vez anterior, los mejores duraznos que tenía en su patio, que ella llama “duraznos chatos”, cuya variedad nosotros desconocíamos, y que son riquísimos. Reemplazamos las cerezas por los duraznos. 😂

De allí, a Pehuén Có que, hasta ese momento no sabíamos, pero, quizás, sea nuestro próximo lugar de residencia, o al menos, está dentro de nuestros sueños.

Pero eso, habrá que dejarlo para más adelante.




 



 




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