Viaje 25: Catamarca y sus bellezas únicas. (cuarta y última parte)
El viaje a Villa Vil vale
la pena hacerlo de día, ya que se van presentando diferentes paisajes, muchos
de ellos, caracterizados por los rastros de las erupciones volcánicas, parecen
barcos y se van insinuando las formas de los castillos.
Al llegar, fuimos a la Cooperativa
de turismo, ya que habíamos acordado encontrarnos allí con la guía que nos
acompañaría a conocer los Castillos. Es una modalidad que estrenamos allí, lo
de llevar a la guía en nuestro automóvil. Lo cierto es que la mayoría de los
vehículos eran camionetas que es la otra modalidad de visita, incluir el transporte.
El único auto pequeño era el nuestro. Pero pudimos realizar el trayecto con
tranquilidad, hay ,muchas piedras porque el camino, por sectores, es lecho de
río, es más, a manera de anécdota, en un sector, de regreso, pasmos por un
lugar que una camioneta logró superar después de varios minutos, tomá para el
Palio.
La caminata hasta Los Castillos
no es exigente, dura aproximadamente 1 hora y son 3 km de distancia
aproximadamente, y es enorme la belleza
con la que nos íbamos encontrando. Fue una sumatoria de cosas: íbamos cruzando
el río en muchos sectores congelado, la geología del paisaje, la vegetación y
los extraños pocitos con agua burbujeante pero ¡sorpresa!, con agua fría.
Al terminar la caminata,
llegamos a las formaciones donde pueden verse los distintos tipos de erosiones
que dejaron las épocas de erupción. Nuestra guía, Yamila, era muy joven y
fuimos unos de los primeros turistas a los que acompañó, así que estaba un poco
insegura, sin embargo lo compensó, matizando sus descripciones con su simpatía,
calidez y las anécdotas de su propia infancia. Toda su familia se dedicaba a
esa actividad turística, en los castillos nos encontramos con su mamá y su primo.
Fue una experiencia muy gratificante.
Fueron el día y la noche
más fría que vivimos por esos lugares. El lugar donde nos alojamos era helado,
y el baño estaba afuera. En la habitación, donde teníamos encendidos dos calo ventores, pasamos bien la noche.
A la noche, fuimos a cenar
a un lugar donde permanecimos todos los comensales con campera, gorro y guantes
puestos.
El agua del “zorrino "del auto se congeló y, a la mañana siguiente, muy temprano, cuando salimos rumbo a
El Peñón, se congelaron los vidrios.
Esta ruta está poblada de
los paisajes típicos de la puna. Hay grandes montañas, vicuñas y llamas. Cuando
llegamos a El Peñón, teníamos que buscar rápidamente a “Salvita”, que no sólo sería nuestro guía y
transporte, sino nuestro anfitrión para hospedarnos.
Acordamos realizar el recorrido
con otra pareja que venía de Antofagasta de la Sierra ya que de esa forma,
abaratábamos los costos de la excursión.
Llegamos juntas, ambas
parejas, y nos dispusimos para conocer los lugares más “flasheros” que podíamos
imaginar, entre ellos, el Campo de Piedra Pómez.
Desde allí partimos,
entonces, con “Salvita”, nuestro guía-conductor. En esta excursión, recorrimos
Carachipamapa, las lagunas de tres colores, colmadas de flamencos y restos volcánicos,
costeamos las minas de litio y nos asombramos con tanto silencio, quietud y
estructuras del Campo de Piedra Pómez, donde “Salvita”, además de sacarnos
hermosas fotos, nos cantó sus coplas. Me sorprendió el sonido que se ;produce
al golpear la piedra, muy metálico.
Desde allí, nos fuimos
hasta unas dunas gigantes, donde se forman embudos muy impresionantes. Yo no
pude bajar porque me apuné y tuve un fuerte dolor de cabeza y me arrepentí de
no “haber coqueado”, o sea, masticar un poco de hojas de coca que se aconseja
en estos casos.
Cuando regresamos, tuve
que acostarme un rato para que se me pasara el terrible dolor que tenía y,
aunque no estaba repuesta, tomé coraje para conocer Antofagasta de la Sierra, hacia donde el camino, precioso en su
totalidad, luce las huellas, en su paisaje, de las erupciones volcánicas.
A la noche, cenamos
comida típica en el restaurante “El Coquena”, con una colorida ambientación y
donde nos sirvieron el vino de Hualfín.
Conocimos lugares
maravillosos, pero también sabemos que dejamos tantos otros sin conocer, por lo
tanto, siempre nos vamos con esas ganas de volver por más.







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