Viaje 28: Un camino hacia la luz, en las alturas de Colomé.(última parte)

 

Desde Tafí del Valle hasta Cafayate, viendo los hermosos paisajes que ofrecen los Valles Calchaquíes, contrastando con el azul del cielo, hasta pasar el Abra de El Infiernillo.

Nos hospedamos en Cafayate y, si algo nos encanta del noroeste argentino es la posibilidad de ir a cenar a un lugar donde se pueden escuchar a los cantantes locales que nos integran en su pasión por el folklore,

¡Qué les puedo decir de la ruta 40! La recorrimos al día siguiente para ir a Cachi y, como ya adelanté, ese tramo es de ripio. Todos los pueblos, parajes y diversidad de paisajes que quedarán por siempre grabados en nuestras almas y recuerdos.

Animaná, San Carlos, San Rafael, San Felipe, Peñas Blancas, Angastaco,  El Carmen, Las Torres, La Merced, Payogastilla, Seclantás, Humanao, y todas las Quebradas que se presentan, son realmente maravillosos.

Cachi es un pueblo cálido y con una poblada plaza central que, en esa ocasión, mucho más, ya que se jugaba un bingo para recaudar fondos para la escuela. Fue muy grato ver a todos, niños, jóvenes y adultos, ocupando toda la plaza y veredas, participando de la actividad.

Nosotros hicimos algunas compras, recorrimos el pueblo y degustamos una rica tortilla asada rellena.

A la noche, además de la peña y de unos sabrosos pimientos rellenos que, cabe aclarar que es un vegetal muy típico de la zona, por eso hay gran producción de pimentón, escuchamos a un lugareño narrando la historia de Cachi en relación con la historia nacional.

También es muy hermoso subir hasta el cementerio, ya que ofrece una vista de todo el pueblo.

Llegó el día de ir a Colomé. Teníamos que retomar la 40 como para regresar a Cafayate, pero desviar a 46 km, donde se encuentra un pueblo llamado Molinos. Desde ahí, a la bodega.

El camino va alternando entre arenoso, con ripio y muchos serruchitos. Hay que ir con mucho cuidado. Los paisajes son preciosos y el cielo muy azul, con algunas nubes, en ocasiones.

Ese camino parecía no llegar a ningún lado, pero, de repente, nos encontramos con un portón de rejas y un portero eléctrico. Me bajé para anunciar nuestra presencia, mientras Dome filmaba todo, y, quedó para la anécdota graciosa, que amagué para abrir el portón y las rejas eran automáticas. Otra cosa para reírse después, viendo el video.

Nos recibieron con mucha calidez y no me alcanzan las palabras para describir lo maravilloso del lugar y de cómo nos sentimos. Una ambientación entre rústica y sofisticada, con ornamentación regional, fuentes, fanales, luces cálidas y pinturas. Al salir de la habitación hacia el balcón, lo mejor, la vista del viñedo, los jardines, la pileta y las altas montañas.

Después de la cata de vinos, conocimos el Museo, que era mi objetivo principal. Cómo me gustaría que muchos pudieran conocerlo. Sólo voy a decir que es una experiencia inmersiva y que todo lo que se aprecia es subjetivo, una mezcla de sensaciones que nos transmiten la luz, la oscuridad, los colores.

La experiencia completa nos llenó de felicidad y con ganas de quedarnos otra noche.

Al regresar, pasamos por la Ruina de los Quilmes, que conocíamos, pero no así, el Centro de Interpretación, que, al reconstruir la línea histórica, me hizo emocionar al pensar la lucha de ese pueblo audaz y fuerte que, a pesar de tanto, pudo preservar algo de su pasado y de su cultura.

Recorrer el lugar, nos llenó de energías, al observar cada detalle, desde ambos miradores.

Otro lugar que nos encantó fue Amaicha del Valle que, para nuestra alegría, nos recibió con un sol esplendoroso y una feria con show. Disfrutamos este hermoso momento y luego, nos fuimos a recorrer el Dique de Los Zazos. Nos había dicho que por ahí, encontraríamos un guía, pero no. Así que fuimos nuestros propios guías para recorrer ese bello lugar.

Terminamos nuestro viaje en El Mollar y en Tafí del Valle, nuestra última noche, entre empanadas, vino, zambas y chacareras.













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